La chica de la cafetería

Como cada mañana viene por su café al bar de Regulo, ese que queda en el Paseo de la Alameda de la ciudad de Valencia, demás está decir que es hermosa y que cuando entra todos los hombres en el sitio no pueden evitar mirarla porque tiene una belleza deslumbrante, además de un olor que impregna el lugar y que hace mezcla armoniosa con el café. Sabrá Dios cómo se llama ese perfume que usa, pero huele riquísimo.

Es blanca, pelirroja, generalmente luce ropa colorida, debe tener unos 27 – 28 años y suele llegar pasadas las nueve de la mañana, es flaca aunque no me atrevería a decir que es escuálida, eso sí, bien patilarga, de curvas... nada, pero definitivamente sexy, para mi que toma feromonas o se hizo un trabajo con algún brujo porque lo que emana de ella no es normal.

Permence en el bar el tiempo que el barista tarda en hacer el café, paga y se va. La rutina se repite cada mañana y mientras eso pasa yo me imagino como me voy a presentar: –Hola mucho gusto, mi nombre es Orlando – siempre me imagino que ella responde algo así – Hola, el gusto mío – pero yo ni me levanto de la silla y ella nisiquiera mira las mesas, simplemente espera de píe mientras teclea el móvil.

Ella es como el viento, pasa volando y no te da ni tiempo de propiciar el acercamiento, lo único que se me ocurre es preguntarle al barista o a la chica de la caja sí ellos saben su nombre – la verdad es que no, siempre paga en efectivo y no pide factura, ahora que preguntas, esa chica tendrá dos años viniendo aquí y no tengo ni idea de donde trabaja – afirma la cajera quien aprovecha para bromearme por estar enamorado.

Al día siguiente me propuse presentarme y dar por terminada esta agonía, – ¿Qué sé yo si ahí está el amor de mi vida? – me decía, pero ya saben como los nervios traicionan, esperé que se aproximara la hora, me tomé dos cafés americanos antes de su entrada triunfal... Pasadas las nueve de la mañana entró alegre como cada día, sonriendo, siendo la dueña de su mundo. Dilaté mi aproximación hasta que pidiera el café y mientras tecleaba me acerqué y tímidamente, con las manos un poco sudorosas le pregunté la hora – son las 9:22 – contestó sin mirarme y pensé, parece que sabe que me gusta.

Mientras pensaba y buscaba qué decir, tomó el café y se iba, me la quedé mirando por unos instantes pero me armé de valor luego que salió del bar corrí tras ella, esperé superarla para ponerme en frente y le dije – por favor, dime cómo te llamas, quiero conocerte – se sonrío muy risueña y me dijo – ¿de verdad quieres saber? – asentí con la cabeza y contestó– me llamo Humberto y me dicen Patty.

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